Pasé una mala noche, con frío y algo de fiebre. Pero la suerte estaba echada ya, no había vuelta atrás. A partir de ahora, las etapas cambiaban: un constante sube y baja, un serrucho, siempre así hasta Santiago. Era difícil ya diferenciar altos, puertos y repechos, porque había de todo menos el llano. Pero la verdad que nos tomamos esta etapa, muy muy tranquila, a un ritmo de paseo, parando mil veces a disfrutar de lo que veíamos. A mediodía, sólo llevábamos 20 kms, con eso lo digo todo.
Tras salir de Triacastela, había dos opciones, una por carretera, fácil, por Samos y luego a Sarria. Y otra, por camino, directamente a Sarria, pero con el duro puerto de Riocabo nada más salir. Samos ya lo había visto de mi anterior experiencia en Galicia pero el puerto de salida…Bueno decido ver cosas nuevas, y voy por Riocabo y Marga y Carlos me acompañan. Las rampas son durísimas, largas y constantes, y el desayuno bailando en el estómago, bufff, que mal lo pasé. Además, bastante técnico. Lo peor, un tramo de pedrera donde nos patinó la rueda a los tres y tuvimos que poner pie a tierra. Volvemos a intentarlo, y ahora sí podemos con ello. Tras 4 kms infernales, la rampa suaviza hasta que coronamos. En cualquier caso, mereció la pena, por el camino, totalmente tapado de vegetación, muy bonito.
Tras casi 6 kms, de infierno, venía lo mejor: un bellísimo descenso de 12 kms hasta Sarria. Buah, impresionante. Me paraba cada 10 minutos a hacer fotos, no podía pasar por alto lo que estaba viendo. Ahora, técnico como el solo el descenso, con un río incluido de esos que le gustan al Lampre y que en su memoria, lo pasé encima de la bici, con remojón incluido.
Cómodamente llegamos a Sarria, un pueblo grande, casi una ciudad, que me traía muchos recuerdos. Hace tan solo una semana estuve ahí en un campo de trabajo, y me conocía el pueblo muy bien. Cuando vamos a comprar el pan para bocatas, Marga se da cuenta que no tiene la cartera, la ha perdido con todo el dinero y la documentación. Intentamos ver como podemos hacer, si volver a buscarla, si coger un taxi hasta donde podría estar, llamamos a bares y pueblos por donde pasamos…Cuando todo parecía perdido, dos ciclistas que habíamos conocido bajando, y que llegaban ahora, la habían recogido. Se nos fue mucho tiempo, y decidimos comer en Sarria, y yo hice de anfitrión. Fuimos al río y allí montamos el zafarrancho. Casualmente, allí nos encontramos con José ( con un parecido asombroso al “neng”), un alicantino que vimos en otras etapas y que venía de Roncesvalles, y Sandra y Manoli, dos caminantes que como nos habíamos retrasado tanto nos habían pillado, con las cuales hice buenas migas. Lástima que ellas ya habían llegado al final de etapa y a nosotros aun nos quedaba la mitad.
Buff, que buena comilona, sin prisas, disfrutando. En este momento el “neng” me regala el panfleto con los porcentajes, y por eso, sé las rampas de los puertos. Lo que me hacía falta para enfrikarme más con esto, jejeej. Gracias amigo.
Con la barriga bien llena, nos despedimos de Sandra y Manoli, y Carlos, Jose, Marga y yo, seguimos hacia Portomarín. De nuevo, nada más salir, rampas duras ya incluso dentro de las calles de Sarria. Debíamos subir hasta Peruscallo, una subida discontínua, con descansos. No viene marcado en el libro, así que lo he bautizado yo así. Lo peor, al principio, por Sarria, al 10%, luego ya suavizaba hasta arriba. Bellísimo paisajes de robles y pinares, caminos escondidos, ensombrecidos por la vegetación que lo cubre…la verdad que siempre fue así ya en Galicia.
Desde Peruscallo, todo fue un sube y baja, falsos llanos, repechos…hasta Ferreiros. Allí degustamos una cervecita y desde allí, nos quedaban 8 kms de descenso hasta el río Miño. Antes, ya nos habíamos hecho fotos en un sitio emblemático: el mojón que indica 100 kms a Santiago. Descenso cómodo, sin grandes dificultades, aunque sin embargo a mí, me rozó una alforja con los radios y le hice un agujero (nada que no pudiera arreglar con una brida, claro, jajaja). El descenso estuvo amenizado por DjMarga, jajaja, que puso música a su móvil y fuimos cantando hasta el final.
Tras contemplar la belleza del río Miño, afrontamos los dos últimos kilómetros de subida ya por las calles de Portomarín.
Allí nos encontramos, con los alicantinos que ya conocíamos y que nos hicieron el favor de solucionarlos el alojamiento. Con todo hasta arriba, de nuevo en una pensión, nos metimos 4 en una habitación para tres, pero ya nos daba igual. El caso era tener un techo. Además, paseando por Portomarín, me encuentro a Paco y Rafa, los toledanos, que conocí el segundo día, qué bueno!
Un pueblo precioso, reconstruido en un alto, al ser engullido por el Miño, pero qué frío hacía. Tuve que comprarme algo para el cuello, que me vendría de lujo al día siguiente para los descensos. Ya en la pensión, me ofrezco de cocinero y hago unos macarrones para 8 personas (bien malos que salieron pero había un hambre…), acompañados de un vino ribeiro cortesía de Carlos, que me vino de lujo para dormir.

